Foto: Migrant Madonna, de Russell Lee (1939)

La convocatoria surgió luego de que dos mujeres policías amenazaran con detener a Constanza Santos, que se encontraba en una plaza amamantando a su bebé. Cuando ella quiso denunciar este atropello en una Comisaría de la Mujer, la respuesta fue la misma que escuchan miles de mujeres cuando denuncian que fueron víctimas de violencia: no hay pruebas, no hay marcas, nada que denunciar.

Aunque sin la masividad que esperaban sus convocantes, el #Tetazo abrió un interesante debate. Sumó apoyo de mujeres de diferentes edades, que participaron amamantando a sus hijas e hijos, y fue acompañada por organizaciones sociales, políticas y de mujeres, tanto en el mástil de la plaza principal de San Isidro, San Isidro, donde Constanza Santos fue abordada por la policía, como en distintas localidades del país. Como reflejó La Izquierda Diario, hubo concentraciones en Santa Fe y en Rosario, donde se realizará el próximo Encuentro Nacional de Mujeres; en Ramos Mejía y en Quilmes, y en Jujuy, Neuquén y Tucumán, la provincia en la que se condenó recientemente a Belén con un fallo machista y de clase.

El intendente de San Isidro, Gustavo Posse, y el Ministro de Seguridad bonaerense, Cristian Ritondo, quisieron remediar el atropello con un sumario administrativo y “un curso sobre la importancia de la lactancia materna” para las efectivas policiales, intentando que ese hostigamiento pasara como un hecho aislado. Sin embargo, como denuncia hace años el movimiento de mujeres, la complicidad y la participación activa de estas fuerzas en el negocio millonario de las redes de trata para la explotación sexual; la constante revictimización a quienes denuncian ser objeto de distintas formas de violencia machista; la persecución sistemática a quienes desafían públicamente la heteronormatividad, son muestras del carácter reaccionario de esta institución del régimen de dominio, que actúa siempre con la impunidad que le garantizan la justicia y los funcionarios políticos.

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El justificado repudio a este atropello policial contra Constanza y el reclamo por la libertad de amamantar en el espacio público abrieron numerosos debates en los medios y también en el movimiento de mujeres. No faltaron quienes, con el legítimo afán de defender a la joven mamá, sostuvieron que la lactancia es un hecho natural o reflotaron la controversia acerca de los beneficios irreemplazables de la leche materna para el desarrollo de las criaturas, incluso con fundados argumentos acerca del millonario negocio de las empresas lácteas que relativizan esa premisa en aras de aumentar sus ganancias.


Sin embargo, la lactancia, como la maternidad y todo lo que constituye el accionar humano, es un hecho social que adquiere distintos significados según las épocas históricas, para las distintas clases y culturas. Hoy sorprendería que una empresaria contratara a una mujer pobre con muchos hijos, para que amamante al propio; sin embargo, hasta el siglo XIX era más común que la lactancia estuviera a cargo de una nodriza o “ama de leche”. Tanto ha variado el significado atribuido a la lactancia que, actualmente, se lo considera un derecho de las mujeres. Y si lo es, cualquier mujer que lo desee debería contar con que la lactancia fuera garantizada en todos sus aspectos: desde poder amamantar en el espacio público, hasta poder acceder a licencias para ejercer ese derecho sin las limitaciones horarias que impone la jornada laboral. De la misma manera que aquellas mujeres que no deseen amamantar o no puedan hacerlo por distintas razones, no debieran ser estigmatizadas o culpabilizadas por ello.

El Estado, al mismo tiempo que impone como destino a las mujeres la maternidad obligatoria, coarta, pisotea y no garantiza en absoluto el libre y pleno ejercicio de la maternidad para la enorme mayoría de las mujeres.

Sin embargo, aunque en Argentina desde el año pasado, existe la Ley 28.873 que promueve la “Concientización Pública sobre la Lactancia Materna”, ese derecho no está garantizado para la inmensa mayoría de los 8 millones de mujeres que trabajan. Y no precisamente porque abunden agentes de policía que evitan el amamantamiento en plazas o medios de transporte, sino porque sencillamente, más de la mitad de las trabajadoras está sometida a la precarización laboral, los turnos rotativos, las horas extras obligatorias, cuando no carecen de obra social y sobreviven como jefas de hogar con salarios que no alcanzan a cubrir la canasta familiar. Amamantar, acompañar y disfrutar del crecimiento de sus niñas y niños, para ellas no es derecho.

Sentenciar, como lo hace la Organización Mundial de la Salud (OMS), que ahora la lactancia –según sus afirmaciones– “debe comenzar en la primera hora de vida” y “debe hacerse ‘a demanda’, siempre que el niño lo pida, de día y de noche”, evitando “los biberones y chupetes”, es fácil hacerlo desde el escritorio de un tecnócrata de la salud. Lo difícil es sostener que si defendemos el derecho a la maternidad y la lactancia –sin que por ello lo transformemos en un mandato social que refuerce los estereotipos de que sólo se es una “mujer verdadera” si se es madre, y sólo se es una “auténtica madre” si se atravesó la experiencia del embarazo, el parto y la lactancia- tendremos que hacer frente a la explotación laboral. El “derecho” de las clases dominantes a vivir de nuestro trabajo –cobrándose nuestra sangre, nuestra salud y nuestras vidas- es el único derecho garantizado plena e incuestionablemente por el Estado capitalista y patriarcal. Un Estado que, al mismo tiempo que impone como destino a las mujeres la maternidad obligatoria, coarta, pisotea y no garantiza en absoluto el libre y pleno ejercicio de la maternidad para la enorme mayoría de las mujeres.

Acceder a licencias por maternidad y paternidad, licencias por lactancia y cuidado de hijos e hijas enfermos; promover la existencia de lactarios, salas de alimentación y jardines infantiles en todos los lugares de trabajo y estudio; promover la educación sexual, sin intromisión de la jerarquía de la Iglesia; establecer el acceso gratuito a todos los medios de anticoncepción en salas y centros de salud y el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, son algunas de las condiciones mínimas para que millones de mujeres puedan ejercer sus derechos democráticos más elementales, incluyendo el de la maternidad.

La convocatoria a una “teteada masiva” despertó en muchas lectoras y lectores de La Izquierda Diario, un amplio debate. Nuestras páginas están abiertas a todas las opiniones, denuncias y crónicas que quieras sumar para aportar a la reflexión y organización de las mujeres en la lucha por nuestros derechos.

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