Hoy día, hablar de tomar partido por la lactancia materna o por la fórmula resulta, irremediablemente, abre un debate en el que muchas mujeres pueden llegar a sentirse aludidas e incluso agredidas o descalificadas. Antes que nada hay que partir de que la lactancia y la fórmula son un tema de alimentación y a veces de superviviencia para los bebés. Por ello, llevar el debate a los extremos de bueno o malo, lejos de ayudar a las nuevas mamás, genera estrés y a veces hasta conflictos familiares o maritales.

La lactancia materna es un hecho natural y biológico: sin caer en purismos debo dejar claro que es parte de nuestra programación genética. Sin embargo, eso no la convierte en una actividad fácil o sencilla, ni siquiera intuitiva, durante los primeros días después del parto. Es justo en ese momento donde muchas historias cambian.

Dar pecho o mamila no es una discusión de estilo de vida, pero sí es decisión estrictamente personal de cada mamá y que, en un mundo ideal, todos deberíamos respetar sin emitir juicios. Me parece que así como hay mujeres que deciden no darle pecho a sus bebés porque no les da la gana, y siempre respetaré esa decisión, también siempre habrá que apoyar a quienes se aferran con uñas y dientes a lograr una lactancia exitosa. 

En esta decisión intervienen además muchos factores que no son asuntos menores. Uno de tantos es, por ejemplo, si la mamá tiene alguna complicación durante el alumbramiento y necesita ciertos medicamentos que inhiben las hormonas de la lactancia (prolactina y oxitocina).

Como asesora de lactancia trato con mamás de toda clase social, creencias religiosas e ideas preconcebidas (por ejemplo, que la leche materna ya no sirve después de los seis meses o que es lo mismo la fórmula que el pecho). Sin embargo, mi principal labor es darles toda la información para que ellas tomen la decisión que necesiten tomar.

No es mi trabajo convencerlas, solo decirles que la fórmula salva vidas, pero el alimento ideal para los bebés humanos es la leche de su mamá, como cada especie de mamífero tiene la leche que su cría necesita.

La mayoría de mis amigas y conocidas mamás no lactaron a sus hijos. Las razones son varias, algunas dolorosas y en otros casos por practicidad.

Lamento mucho que este tema se vaya a los extremos y se pongan adjetivos como buenas madres o malas madres. Todas somos mamás y cada una ejerce su maternidad desde la propia historia; desde la infancia que cada una vivió; desde nuestras madres y nuestros padres. Ninguna mamá es igual a otra, ni siquiera entre hermanas, ninguna historia puede ser la misma. Cada mamá alimenta a sus críos como más le guste, y las decisiones que cada mujer toma no deberían someterse a debate.

No, la fórmula no es lo mismo que la leche materna, esta es un alimento “vivo”, tiene propiedades que no se pueden producir en una fábrica, facilita la digestión, tiene nucleótidos que ayudan al desarrollo del cerebro, aporta los niveles de glucosa que los bebés necesitan sin producir depósitos de grasa extra, tiene probióticos que arrastran la mucosa de los intestinos para evitar infecciones estomacales; la fórmula carece de todo lo anterior.

Si con toda esta información las mamás deciden alimentar con fórmula a sus bebés es algo que nadie debe cuestionar, juzgar, calificar ni etiquetar. Tampoco las define. Lo realmente importante es que, con el pecho o biberón, se vinculen emocionalmente con sus bebés al alimentarlos. Que los carguen, que los miren a los ojos, que les hablen.

Los brazos de mamá son lo más parecido a volver a estar en el vientre materno y eso calma a los bebés, los hace sentir seguros y a salvo. Ese es el alimento emocional que todos los bebitos necesitan en los primeros años de su vida, eso es lo que necesitan para su salud y su desarrollo.