Salvador cumplió dos años y todavía le doy teta. Hasta hace unos meses la pedía en las noches para poder conciliar el sueño y a veces en las mañanas, tan pronto salía de su cuna para meterse en nuestra cama.  Nos arrunchábamos un ratico antes de arrancar el día. Ahora es mucho más esporádico. Pueden pasar tres días y de repente la extraña. 

 

Mis amigas no lo entienden, les parece demasiado tiempo, no comprenden cómo todavía sale leche y se impresionan por los dientes. Mi esposo me había dicho que los dos años tenían que ser la fecha límite y, cuando se me escapa en una conversación, la gente arruga la nariz impresionada. “¿Todavía?”, me preguntan. No entiendo por qué. 

 

Una de las cosas que más me aterraba durante el embarazo, además de la posibilidad de que mi bebé sufriera alguna complicación de salud, era la lactancia. Leí todos los artículos que pude. A partir de los seis meses, dormí con algodones mojados en alcohol sobre mis pezones, para fortalecerlos. Tan pronto me entregaron a Salvador, después del parto, recé para que lograra agarrarse y succionar sin problema. Pero no fue tan fácil. 

 

La enfermera me repetía que, si no conseguía que cogiera bien el pezón, iba a tener que darle fórmula. Lo intentaba una y otra vez sin éxito. Ella solo decía como una grabadora: “Mamita, va a tocar darle fórmula”. No estaba dispuesta a darme por vencida. Atiné a pedirle a mi esposo que buscara una pezonera y, con paciencia, poco a poco lo fui logrando. 

 

No voy a negar que esos primeros meses fueron agotadores. Y cuando regresé al trabajo, todavía más. Debía sacarme la leche varias veces al día y tomar muchos líquidos para evitar que la producción disminuyera. Después de que cumplió un año, el pediatra me preguntaba en cada consulta si todavía le daba leche. Le parecía raro que le siguiera gustando. 

 

La Organización Mundial de la Salud recomienda la lactancia materna exclusiva hasta los seis meses y como complemento hasta los dos años. Las bondades de este alimento están comprobadas pero, aun así, el promedio en Colombia llega tan solo a los dos meses y medio. Y es que por ningún lado se les ayuda a las mamás –que quieren y pueden amamantar a sus hijos– a que disfruten de una lactancia prolongada. 

 

Lo va a malcriar, no es bueno que esté tan apegado, va a ser un consentido, eso le daña los dientes y no alimenta. Son frases comunes que desmotivan y desinforman, porque esa leche, con una alimentación complementaria adecuada, suple hasta el 30% de los requerimientos nutricionales diarios. La teta no solamente la buscan cuando tienen hambre, también les da seguridad y además previene hasta el 35% de los problemas de oclusión intestinal. 

 

Amamantar en público no es bien visto. En la mayoría de lugares ni siquiera hay donde sentarse cómodamente y, si uno se atreve a sacar la teta en cualquier parte, sin cubrirse, las miradas te caen encima. Cuando los niños ya caminan, hablan y muerden, la casa parece ser el único lugar donde esta práctica natural –que en comunidades de Alaska o Papúa Nueva Guinea se extiende hasta los cinco o siete años– no es juzgada. A muchas mujeres, incluso en su propio hogar, les toca hacerlo a escondidas, hasta que ellas, su hijo o ambos estén listos para soltarse. Lactancia de clóset, la llaman los especialistas. 

 

Foto: iStock.