Señor Director:

Pensaba respecto de varias situaciones que han sacado a relucir el problema de las madres que amantan en la vía pública. Lo que antes al parecer era la inmoralidad hoy se está comenzando a cuestionar.

Surgen con ello grupos que, como acto político, amamantan en la vía pública. Surge con ello que algunas muchas mujeres simplemente sientan mayor libertad y también amamanten donde antes no había más que pudor y recriminación.

Llamativo se me volvió, en esta reflexión, el hecho de que en algunas partes del mundo –quizás más cerca que lejos- se está empezando a penalizar el amamantar, el que una mujer le de alimento a su hijo/a en el espacio público.

Voy a ir al grano ¿por qué se penaliza un acto tal? Probablemente porque a un “alguien (es)” le(s) da pudor y lo han de encontrar inmoral. La pregunta relevante en este punto es ¿de quién es la inmoralidad que se cuestiona? ¿Es de la mujer que alimenta a su bebe o de quien, viendo un seno, siente algún tipo de “placer” o sensación -quizás placer culpable- y que, por lo mismo, criminaliza a la mujer?

Mi apuesta, sin más, es la segunda. Considero que como sociedad debemos preguntarnos no tanto por el acto –en este caso- sino por aquello que nos produce y el cómo reaccionamos ante eso. Y no sólo porque podemos estar criminalizando un acto por el hecho de que no podemos sostener ver un ceno sin que ello nos genere algún tipo de culpa (por tanto sensación por la cual debo sentirme culpable –y qué mejor que poner la culpa en otros que en mi mismo-), sino porque a quien se le carga con el peso de la vergüenza, en este caso, es a la mujer. Es ella la que, invirtiendo la ecuación, “debería sentir vergüenza por dar pecho a su hijo en la calle”.

¿No será que la vergüenza es de los hombres, vergüenza de sí mismos, que han de poner, proyectar, sobre la mujer? Mi apuesta, nuevamente, va en esta línea. Considero que a la mujer se le exige “deber” sentir vergüenza cuando el pudor, probablemente, lo ha de sentir el hombre que, viendo un acto maternal, no puede dejar de asir –sin quererlo, porqué no-también un matiz sexual (y que avergüenza su propia moral).

Esto me lleva a pensar sobre “patriarcado”. ¿No sería esta medidas (aunque sea una moral) que se impone a la mujer, porque el hombre no puede hacerse cargo de su impulso, una medida de tipo patriarcal? ¿por qué no se criminaliza la mirada sexuada y no el acto maternal? ¿No se explicita en este punto el cómo un cierto tipo de pensamiento proyecta su propia inmoralidad en la mujer, lo que hace de este un problema no sólo moral sino de género?

Interesante es poder pensar este atolladero, este entramado de relaciones, desde una perspectiva de género que puede poner en evidencia la existencia de una disimetría entre hombre y mujer en la valoración y las consecuencias de un acto. Género, que claro, no tiene que ver, evidentemente en este caso con, lo que por ahí se ha dicho un mero problema de telas.


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