No tengo suficiente leche. “El calostro, que es la primera leche, está listo a las 13 semanas de gestación. La oxitocina y la prolactina empiezan a trabajar en eso inmediatamente después de la concepción”, explica la pediatra y consejera en lactancia materna Antonieta Hernández. “Con todas las hormonas que se liberan durante el parto, apenas el bebé nace y se pega al pecho la producción se incrementa. En cambio, cuando se hace una cesárea, este proceso puede ser más lento, pero igual se puede lograr. Lo que más lo estimula es esa interacción entre los neurotransmisores del bebé al mamar y los que se activan en la madre con esa succión en la areola”.

El seno se me vacía. Durante el periodo de lactancia no llega a suceder tal cosa, dice la experta. “Las glándulas mamarias están produciendo leche todo el día a partir de la sangre. Mientras el bebé esté mamando incentiva ese proceso en los alvéolos mamarios, que es simultáneo y en los dos senos. Es una fábrica que no para”, señala. “Lo que hace el primer hijo durante la lactancia es estimular el crecimiento y maduración de esa despensa glandular, que incrementará hasta tres veces su tamaño con las tomas repetidas. Lo ideal es darle lactancia exclusiva durante los primeros seis meses y continuar hasta los dos años o más”.

Mi leche es muy aguada / no lo alimenta. “A diferencia de las fórmulas, en la leche materna se han llegado a identificar hasta 343 sustancias que el niño aprovecha”, indica la pediatra. Sin embargo, no todas se dan en el mismo trago; Hernández indica que la composición de la leche materna va variando en función de las necesidades del bebé y que lo primero que sale es el agua y los elementos de inmunidad, pues la necesidad inicial de un ser tan frágil es hidratarse y protegerse y luego nutrirse. “Nuestro cuerpo sabe qué es lo que esa cría necesita en cada etapa y la leche que produce siempre va a ser de buena calidad, así la mamá esté desnutrida o tenga varios bebés a la vez. Es una leche que ya está digerida y diseñada para él. La mujer puede comer lo que quiera mientras amamanta y eso no va a afectar la cantidad ni la calidad de la leche, ni va a volver al niño alérgico a ciertos alimentos”.

 

Si permito la libre demanda lo voy a malcriar. La disposición de la madre a alimentar al bebé en cualquier momento es un hecho al que algunas se resisten. “El problema es que tendemos a ver la lactancia solo como un asunto de comida, cuando es mucho más que eso: es agua, comida, inmunidad y afecto. Cuando el niño pide el pecho no solo es por hambre; puede tener sed o también puede estar pidiendo los anticuerpos poderosos que le ofrece la leche materna si su cuerpecito está enfrentándose a algún virus. Si por adaptarnos a un horario estricto dejamos que ese virus se replique, por ejemplo, el bebé puede enfermarse porque no tiene cómo defenderse a tiempo. También está la necesidad de la cercanía física y la conexión emocional con su mamá; esa necesidad de volver a experimentar el bienestar que vivió en el vientre materno”.

Esto duele mucho. Hernández explica que una de las etapas más complejas es la iniciación, que puede mejorar con las técnicas adecuadas. “Hay mujeres a las que les da miedo tomar con firmeza la cabeza del bebé y presionarla bien contra el seno porque asumen que el niño es muy frágil, pero estamos hablando de un bebé que la naturaleza diseñó para ser capaz de nacer en circunstancias mucho más rudimentarias. No tener miedo en agarrarlo y ponerlo en la posición correcta ayuda a que los pezones se agrieten menos y la lactancia sea más cómoda. Es una práctica que se estaba perdiendo y que ha tocado rescatar y volver a enseñar poco a poco, pero en la medida en que la mujer está bien entrenada, insiste y entiende su importancia, se vuelve muy sencilla”.