Abordar la muerte de lactantes es dolorosamente contradictorio; dos conceptos se contraponen: una nueva vida y su prematura interrupción.

Sin embargo, respecto del síndrome de muerte súbita del lactante (SMSL), conocido como “muerte blanca”, las perspectivas son alentadoras, ya que desde hace años se registra una constante reducción de casos, a partir de acciones concretas sobre embarazadas y niños.

A diferencia del siglo pasado, en el que el SMSL parecía una condena inevitable, hoy los principales factores asociados muestran vulnerabilidad.

La Sociedad Argentina de Pediatría define como SMSL a “la muerte de un menor de 1 año ocurrida durante el sueño y que no puede ser explicada por estudios exhaustivos, incluyendo la investigación de las circunstancias de la muerte y una autopsia completa”.

Definiéndolo como síndrome (suma de síntomas y signos clínicos), se lo reconoce no como enfermedad, sino como el resultado de múltiples causas coincidentes.

La teoría más difundida para explicarlo es la hipótesis del triple riesgo, en la que convergen un lactante vulnerable, un período crítico y factores físicos externos.

Un lactante se vuelve vulnerable cuando, durante la gestación, su madre consume sustancias que pueden afectar el desarrollo del sistema nervioso del feto.

También algunas condiciones de extrema carencia (anemia severa o mala nutrición maternas) pueden tener idéntico efecto.

Si bien el período crítico es el primer año de vida, el pico de incidencia ocurre entre los 2 y los 4 meses. Esta influencia determinada por la edad se minimiza cuando se conocen y se modifican los factores extrínsecos.

A partir de un extenso estudio que demostró que dormir boca arriba reducía la probabilidad de SMSL, se implementaron campañas de salud pública en múltiples países, que promovieron que los lactantes durmieran en esa posición. Se cambiaba así una antigua costumbre de acostarlos boca abajo. El impacto fue inmediato: la incidencia disminuyó entre un 50 y un 70 por ciento la cantidad de casos de SMSL.

Desde entonces, la indicación excluyente es acostarlos boca arriba, aun ante el riesgo de vómitos. Muchos padres manifiestan temor por probables atragantamientos o aspiración de leche, pero existe suficiente evidencia de que no se aspiran más por estar en esa posición.

En niños que duermen boca arriba y ocasionalmente son colocados boca abajo, el riesgo de SMSL aumenta más que en los que siempre duermen boca abajo.

El humo del tabaco es un poderoso factor negativo. El riesgo de muerte súbita aumenta cuatro veces si la madre fuma, dos veces si es fumadora pasiva y ¡cinco veces! cuando ambos padres fuman.

Similar riesgo asume sobreabrigar al bebé. Su tamaño y aparente fragilidad, más el temor paterno a las enfermedades, conducen a exagerar el uso de prendas directas, mantas y otros abrigos que pueden sofocarlos.

El sobreabrigo actúa aumentando la temperatura cerebral, efecto que no siempre se traduce en la temperatura corporal. Una vez que los recién nacidos estabilizan su control térmico –después del tercer día de vida–, se propone utilizar igual número de prendas que sus mayores, mantener el ambiente entre 23 y 24ºC y acostarlos cubiertos hasta la cintura, dejando los brazos libres.

El colecho genera un calor excesivo, con idéntico daño potencial.

Entre las acciones favorables, se destacan la siempre bienvenida lactancia natural y el uso de chupete, estímulos que mantienen a los bebés activados.

También se recomienda que duerman sobre superficies duras y sin almohadas. Se desaconsejan colchones blandos, chichoneras, almohadones y muñecos de peluche en la cuna (muy decorativos, pero innecesarios).

Embarazos cuidados, progenitores alejados de adicciones, ambientes frescos y ventilados, dormir boca arriba y lactancia natural constituyen estrategias que podrían consolidar una crianza inicial menos compleja, menos atemorizante.

* Pediatra