Hace poco se celebró la Semana Mundial de la Lactancia Materna. El dar de lactar es un acto natural de alimentación y amor que nos permite ver la conexión del bebé con su madre. Sin embargo, en ocasiones se percibe como poco estético, que no se debe mostrar en público y hasta desagradable.

Asistí a la bonita muestra fotográfica “Amamantar”, de Romina Llomovatte, donde presentó imágenes de mujeres de la costa, sierra y selva dando de lactar. Me llamó la atención cómo en todas las fotos las mamás están mirando a su bebé, totalmente atentas a ese momento. Recordé cuando daba de lactar a mis hijas y cómo era esa conexión necesaria para sentir al bebé: ver si estaba tomando, si se había llenado o si se había dormido. La conexión es tan fuerte que, sin estar cerca, una mamá sabe cuándo su bebé tiene hambre, ya que coincide con que los senos se llenan y deben ser vaciados.

Hay que estar a disposición, sobre todo al inicio, que es cuando se da de lactar al bebé a libre demanda. Es sacrificado. Los senos se convierten en reloj y, de esta forma, se hace viva la increíble función que tienen esos órganos, esa fábrica de leche, ese envase único para dar alimento y transmitir amor.

El proceso de lactancia tiene una trascendencia increíble en la vida del ser humano, tanto a nivel de salud como emocional. Es un patrón que se repite a lo largo de la vida y que se manifiesta cuando hay sub o sobreingesta de alimentos. El alimento tiene un simbolismo del afecto o de falta del mismo: al comer nos sentimos reconfortados, llenos y esta llenura puede fluctuar de regular a excesiva. Y muchas veces llenamos vacíos emocionales comiendo, lo que puede derivar en sobrepeso. Queridos padres y madres, brinden mucho afecto a sus hijos para que más adelante no se lo tengan que “comer”.



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